5 Junio 2026
2 . 054 . 114 lectores

OPINIÓN: Bosques y dehesas contra el cambio climático

FONDENEX

5 de Junio de 2026

OPINIÓN: Bosques y dehesas contra el cambio climático

 

El 5 de junio se celebra en todo el planeta el Día Mundial del Medio Ambiente. Este año, Azerbaiyán es el país anfitrión, y la celebración se centrará en la “Acción Climática”, lo que refleja la urgencia global de actuar inmediatamente y de forma colectiva ante la situación climática que padece el planeta.

 

2026 significa un punto de inflexión: no se trata, como en años anteriores, de mentalizar a la sociedad sobre la recuperación de ecosistemas naturales, la contaminación por plásticos o la restauración de tierras, la resiliencia a la sequía y la desertificación, este último de 2025, sino de exigir compromisos para conseguir soluciones reales.

 

En Extremadura no tenemos graves problemas de contaminación del aire, siendo, por el contrario, la región de España con mejor calidad del mismo según el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO), y es la comunidad autónoma, con diferencia, donde la producción de gases invernadero es menor, pero nos enfrentamos a un problema, todavía no importante, pero que podría serlo en un futuro: la disminución de la fijación de CO2 y de la liberación de oxígeno a la atmósfera por nuestros bosques y nuestras dehesas.

 

La calidad del aire en Extremadura es muy buena y ello se sabe por el análisis de los siguientes parámetros: monóxido de carbono, dióxido de azufre, ozono troposférico, óxidos de nitrógeno, benceno y partículas PM10 y PM2´5. Todos por debajo del límite de protección de salud.

 

En cuanto al CO2-eq, las emisiones en Extremadura fueron, al principio de la década de los veinte de este siglo, de 8.174´90, de las que 7.695´68 correspondían al sector difuso y 479´22 al sector industrial, perteneciendo el 46% al sector agrícola, el 44% al de procesado de la energía, el 6% a procesos industriales y un 4% a la gestión de residuos. Las emisiones del sector industrial correspondían a: 50%, a la producción de cemento; 21%, a la combustión; 15%, a la fabricación de vidrio; 13%, a la siderurgia y 1% a la de cerámica.

 

Es decir, si se considera que hay una cementera, una fábrica de vidrio, una siderurgia y una de cerámica, todos estos procesos serían no difíciles de controlar para que las emisiones de CO2 fueran las mínimas.

 

Como es sabido, los árboles absorben el CO2 de la atmósfera vía fotosíntesis y lo almacenan en su estructura, siendo capaz un árbol de fijar entre 10 y 30 kilogramos de CO2 al año, pero también hay que tener en cuenta que cuando un árbol se tala y se quema, libera todo el CO2 almacenado.

 

Hay que referirse también a los efectos de la producción de energía no generadora de CO2, como la nuclear, la solar y la eólica. Efectivamente, no liberan CO2 a la atmósfera en su funcionamiento, pero sí en el proceso de la fabricación de sus componentes y en su construcción e instalación, y esto no se puede obviar.

 

Y tampoco se puede olvidar que la energía nuclear genera los residuos más peligrosos de la industria: los radiactivos, con una vida media de hasta miles de años (el Plutonio 239, 24.000 años), que de momento se almacenan porque no hay otra solución.

 

Las plantas solares y eólicas no emiten CO2 en su funcionamiento, pero en Extremadura, en especial las primeras, se han instalado en valiosos parajes naturales, como en el Tajo Internacional, invadiendo zonas de bosque mediterráneo y dehesas, que han sufrido deforestaciones realmente rechazables, y ello contribuye, por supuesto, al incremento de las emisiones de CO2.

 

En las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado, se arrasaron decenas de miles de hectáreas de bosque y matorral mediterráneos para sustituirlas por extensas plantaciones de eucaliptos, fundamentalmente, y pinos. No solo se destruyó una valiosísima vegetación natural, que albergaba a especies animales tan escasas como el águila imperial ibérica, el buitre negro, la cigüeña negra o el lince ibérico, sino que se provocó un gran efecto erosivo en las laderas de las sierras, y una desertificación creciente de estos terrenos.

Millones de encinas fueron arrancadas en nombre de un falso progreso, para instalación de regadíos no rentables sobre suelos muy pobres o simplemente para carbón.

 

Extremadura es una de las regiones de Europa con mayor índice de desertificación, un 10% de su superficie, con peligro de afectarse hasta un 60%, ocasionada en gran parte por malas prácticas forestales, que felizmente se lograron paralizar en la década de los 80. Pero quedan miles de hectáreas de terreno desertificado, todavía en muchos casos con eucaliptos, que es preciso recuperar. Lo que se está haciendo es poco para lo mucho que queda por hacer.

 

También habría que hablar de la destrucción de las riberas de nuestros ríos, una verdadera muralla frente a la sequía, bien por canalizaciones realizadas sin sentido o por extracciones de áridos abusivas. El pasado fue terrorífico para estos bosques de galería que contribuían a mantener una reserva hídrica permanente, que tanto CO2 fijaban y tanto oxígeno producían.

 

Es también el momento de reflexionar sobre el uso del agua, un bien muy escaso, la idoneidad de ciertos cultivos, la política forestal, el sobrepastoreo, el uso de insecticidas y plaguicidas y la ocupación de terrenos agrícolas y ganaderos por millones de placas fotovoltaicas y otras industrias, que contribuyen de forma importante a la pérdida de fertilidad del suelo y a la emisión de CO2.

 

El Día Mundial del Medio Ambiente, por desgracia, no es una celebración, sino un triste recordatorio de que vamos subidos en un tren que va hacia un precipicio y que no podrá parar de golpe, por lo que es preciso ir disminuyendo su velocidad progresivamente.

 

Restaurar los terrenos forestales y los bosques de ribera arrasados debe ser un gran objetivo a seguir, no solo para detener la desertificación y la sequía, sino para que no se incremente la temperatura global en el planeta: esa podría ser la gran aportación de Extremadura.